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«¿Quién no conoce la Vega? Es un verdadero paseo. Hermoso ejemplo de actividad, de energía y de trabajo, es el que nos da con su bullicio, su desorden y su grandeza de colmena humana.»

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La-Vega-Central-1912-bajaArtículo publicado en la revistaPacífico Magazine, Zig-Zag, en diciembre de 1917

 

Una mañana en la Vega Central

¿Quién no conoce la Vega? Es un verdadero paseo. Hermoso ejemplo de actividad, de energía y de trabajo, es el que nos da con su bullicio, su desorden y su grandeza de colmena humana

Artículo publicado en la revista Pacífico Magazine, editorial Zig-Zag, en diciembre de 1917

La Vega, como el Matadero y otros grandes establecimientos, es una de las típicas y características manifestaciones de la vida popular santiaguina y, al mismo tiempo, uno de los más ricos veneros de trabajo.

En ella, quizás más que en ninguna otra parte, se siente el aliento y el empuje del trabajo. Aquel que conozca el encanto de su bullicio, la algarabía de su animación, la variedad y la profusión de los tipos que pululan por sus callejas, puede estar seguro de conocer algo o mucho de nuestras costumbres y nuestras actividades. Es enorme la variedad de caracteres de perfiles, de detalles, de sensaciones que se ven y se sienten en su ambiente popular, caldeado por la fiebre del trabajo.

¿Quién en medio de la sana y fresca alegría de su ambiente, entre el flujo y reflujo de ese mar de compradores y vendedores, perdido entre el pasar volver de los vehículos de carga, ahogado entre la gritería de los pregones, no ha sentido pasar a su lado toda el alma bulliciosa de nuestro pueblo, la fuerza de la raza y el aliento de sus hombres?

¿Quién no conoce la Vega? Es un verdadero paseo. Hermoso ejemplo de actividad, de energía y de trabajo, es el que nos da con su bullicio, su desorden y su grandeza de colmena humana. Para el que nunca entró en ese infierno, para que el que no conoce de Santiago más que sus plazas sus iglesias y sus teatros, para el retraído y el misántropo, es un verdadero deslumbramiento de grandeza y un ejemplo de constancia el que le proporciona la Vega con sus callejuelas llenas de febril tesón, de trabajo, obstruidas con canastos de verduras, rebosantes de hombres —que parecen estar poseídos de un vértigo de locura—, llenas de caballos, de carretelas y de carretas.

Allí nadie está inmóvil ni callado; todos gritan y se mueven. Este ofrece, aquel regatea, el otro corre y los gritos de llamada de advertencia, de ofrecimiento, los insultos y las contestaciones repercuten sonoramente en el techo de zinc. Hay algunos que miran febrilmente a todas partes, algo buscan con la mirada, siguen a alguien con los ojos. Dan ganas de detener a uno y decirle y gritarle, para que se calme:

— ¡Qué tiene, hombre!, ¿se le ha perdido algo?

Pero nadie se detiene. Se habla a gritos. Se insulta. Se contesta. Se ofrece o se compra. Nadie tiene tiempo para conversar.

Sus patios amplios y ventilados, llenos de sol y de aire, donde se elevan montañas de verduras, que Santiago engullirá glotonamente, son un hervidero de brazos que se agitan, de cabezas que se mueven para todas partes, de piernas que corren, de cuerpos que van da un lado para otro.

Allí, junto a pequeños cerros de verduras, ponen su mancha amarilla las naranjas y los nísperos y detrás de una verdadera trinchera hecha de cebollas, zanahorias, espárragos, alcachofas, porotos —todo un mar de verduras— se alzan torres de frutas, de zapallos y de papas.

Por sus callejuelas circundan, corriendo o andando, los compradores, los cargadores, los vendedores, los ociosos y los activos, mujeres frescas como las lechugas o arrugadas como zapallos, francesas, españolas, hasta turquitas de ojos negros con toda la nostalgia de Stambul. Es todo un mundo extraño y heterogéneo el que se ha reunido allí para gritar, comprar, gruñir, regatear y refunfuñar.

Caballos con árguenas vacías o llenas, bueyes que tiran de enormes carretas que rechinan y crujen bajo el peso de la carga, vacas con terneritos —fortuna y orgullo de algún veguino— y perros que husmean la pitanza diaria, ponen también su nota, pintorescamente animal, de actividad y de energía.

En sus patios, en sus callejuelas y en sus rincones, varias razas viven en paz, unidas por el trabajo. Turcos echados de su tierra por las revoluciones o por el hambre, han encontrado ahí su rincón donde trabajar tranquilamente; españoles con todo el ardor y el entusiasmo de la sangra ibérica, han enterrado en sus patios sus sueños de grandeza, aquel dorado sueño del volver al villorrio andaluz, o manchego con la bolsa bien provista; italianos, llenos de fuerza y de energía, han instalado en sus callejas, junto con sus negocios, sus nostalgias de Nápoles la luminosa o Venecia la serenísima. Y por sobre este simpático internacionalismo, la raza chilena se desborda, exuberante. Cargadores macizos, anchos de espaldas y prominentes de pecho, de pies anchos y cabezas toscas —donde el cabello denuncia el origen de la raza— vendedores que gritan y ofrecen con toda la gracia chispeante y sabrosa de un charlatán andaluz o madrileño; huasos toscos de manta y de chupalla, calzando ojotas o zapatos de tacón alto, que traen de lejanos pueblos las carretas cargadas de verduras que huelen a tierra y a agua; rotos, verdaderos representantes de este simpático y respetable vocablo, sucios, destrozados y fuertes; veguinos, poseedores de dos o tres puestos de venta, gordos, mofletudos, vestidos con el característico vestón corto —que parece un chaleco con mangas— pantalón ancho arriba y angosto abajo, sombrero echado hacia atrás y colocado de cualquier manera y pañuelo de seda negra que le da una bizarra vuelta alrededor del pescuezo negro y robusto; todos estos tipos genuinamente chilenos se unen a otros tipos extranjeros, formando una curiosa amalgama de perfiles y líneas.

Hay, además, vendedores de la sabrosa harina tostada, hallulleros, moteros —que llevan sobre la cabeza un endiablado edificio hecho de tazas, tarros, chuico y canasto—, pequeneros vestidos coquetonamente con delantal blanco y que equilibran en la cabeza un fabuloso andamio formado por un cajón, brasero, papeles y pequenes y después de todo esto, mujeres vendedoras de flores, de santos, de huevos frescos y de pan amasado.

Curioso mundo de caras y cuerpos, de líneas y de formas, bullicio, animación, actividad, aliento y trabajo es la Vega, ese rumoreante y sonoro hormiguero humano.

La Vega en el verano

La Vega, en el verano, alcanza su máximo de trabajo y de actividad. Bajo el sol de enero, todo bulle y se mueve, grita y canta, contagiado por el ardor del sol. Entonces es cuando hay que ver esa colmena.

Los patios rebosan de gente. En las callejuelas, la fruta fresca y sabrosa se alza en parapetos de frescura; sandias relucientes, prometedoras de dulzura, hinchadas de una pulpa que se deshace en la boca y corre, hecha jugo, por las comisuras de los labios; melones amarillos y obscuros, abiertos de maduros por un boquete que deja ver la carne blanca y azucarada; duraznos de todas clases y de todos colores y sabores, con la piel arrugada por la madurez de la carne; y plátanos y esto y lo otro, en fin, un rio de fruta.

El que, huyendo de los calores de la calle, entra en la Vega, olvídase, al ver este ofrecimiento de refresco, de su situación social, de su pena y de su cansancio. Sentado sobre un cajón, con un pañuelo al cuello, sin sombrero, con las piernas abiertas y entre éstas el abismo rojo y dulce de un corazón de sandía —donde el cuchillo irá cavando despiadadamente— el hombre más serio vuélvese un niño que se chupará los dedos, y al cual se le puede hacer cualquier broma pesada menos la de quitarle la sandía.

¿Quién no ha visitado la Vega en ese tiempo? ¿Quién no se ha sentido contagiado por esa frescura y esa alegría? ¿A quién, delante de esa animación, no le han dado deseos de correr y de gritar? ¿Quién, siendo niño, en el verano, poseedor de dos modestas chauchas, en medio de una cimarra, no ha ido a la Vega a regalarse el paladar y la garganta, con una sandía de a veinte, una taza de mote con huesillos o un medio ciento de duraznos?

Los tristes y los silenciosos, los apartados y los retraídos, deberían ir a la Vega a empaparse de la alegría de su ambiente y de la fuerza de sus hombres.

El amanecer

En Ia Vega, el trabajo, en este tiempo, principia a las tres y media de la madrugada. Antes de esa hora ella duerme tranquilamente. Nadie creería, viendo su inmovilidad, que momentos más tarde se transformará en un hormiguero humano. Desde afuera se divisan, silenciosos y dormidos, sus callejones llenos de sacos, de canastos y de cajones.

A las tres empiezan a llegar los vehículos cargados. Carretas anchas, con tirantes de cordeles, verdaderas torres de legumbres, tiradas por dos yuntas de bueyes a los cuales, el carretero —medio dormido― anima con la picana y con los gritos; carretelas repletas de sucos de verdura y caballos con árguenas y carretones llenos de frutas y de hortalizas, empiezan a alinearse en la calle, frente al portón de entrada.

Llegan los cargadores, medio dormidos o con el cuerpo malo, con la cabeza cubierta con una capucha hecha de un saco harinero; los dueños de puestos, arrebujados en sus vistosas mantas de castilla; vendedores, atorrantes, expendedores de café, viejitos y viejitas con canastos de huevos, se agrupan, esperando la hora de entrada.

Un guardia municipal abre la puerta. Empieza la entrada de hombres y de vehículos. Aquellos entran silenciosos y apurados: éstos ruedan sonoramente sobre el empedrado, chocando entre sí, con el apresuramiento de entrar. Los bueyes, ante la amenaza de la picana, hinchan, bajo la piel, los músculos, haciendo rodar las pesadas carretas campesinas y los caballos, excitados por el látigo, hincando las uñas en los adoquines, arrancan con las carretas repletas.

La Vega comienza a cobrar animación, los gritos se suceden, turbando el silencio del amanecer. En la puerta un guardia cobra la entrada.

Empieza la descarga. Cada carga tiene su sitio para descargarse. Los porotos en una parte, las papas en otra, la fruta en otra, y así respectivamente.

Los acarreadores transportan sobre hombros los sacos llenos de verduras y los canastos o cajones con fruta. Es un trabajo rápido. Como la pasada es angosta y no hay más que una puerta de entrada, debe procurarse descargar rápidamente para dejar pasar a los carretones que esperan. Un guardia dirige la operación:

— ¡Apurarse; arriba, niñitos!— grita un viejito bullicioso.

Y los carreteros, tirando de las largas tiras de cuero trenzado desamarran la carga. Pasan los cargadores llevando sobre los hombros dos o tres sacos llenos.

Algunas veces no saco se abre y un reguero de porotos o de otra verdura cae al suelo; nadie se preocupa de recoger nada; viejitas, salidas de no se sabe dónde, recogen este inesperado regalo, que luego venden por cuenta propia, asegurando que los cuesta un ojo de la cara. Cada carga viene destinada a un dueño o a un rendido de éste. Hay carretas que vienen de muy lejos, en un viaje de dos o tres días; vienen con los bueyes cansados y sedientos. Los carreteros traen camas hechas de pellones, de sacos y de frazadas. Cada uno da ellos trae, como ayudante, a un muchacho.

Interrogamos a uno.

― ¿De dónde viene usted?

― De Curacaví, patrón.

― ¿Tan lejos?

― Sí, pues, señor; lejazo está.

— ¿Mucho trabajo?

— Sí. ¡Qué le vamos a hacer!

Y siguen tirando de las largas tiras de cuero trenzado.

Los chiquillos, que a lo mejor vienen durmiendo, abren, al oír los gritos, los ojos adormilados.

— ¡Levántate, Juan! grita el carretelero.

— ¿Qué hay?— pregunta el muchacho, sorprendido.

—Que ya llegamos.

El niño, extrañado de ese inusitado movimiento mira atentamente a todas partes; luego, cansado inclina la cabeza, pensando que no hay ninguna razón que le impida seguir durmiendo tranquilamente. Pero, poco a poco, la carga comienza a disminuir y el muchacho, con dolor de su corazón, tiene que abandonar la blandura de la cama de pellones y de frazadas.

Pasa la carreta. Luego avanza una carretela. Se la descarga. Y van pasando, vacías, a un patio destinado para ellas o, dando una vuelta, salen por la puerta de salida.

Informaciones generales

La Vega tiene de extensión como una cuadra cuadrada. Consta, además, de sus innumerables callejas, de cinco grandes patios; Cada uno de ellos está destinado a una sección especial. De este modo, el público tiene más comodidad para hacer sus compras. En un patio están los puestos de carne, de pescado y de papas; en otro las coliflores, choclos y repollos; en otro las cebollas; en otro las frutas y las hortalizas y en otro las sandías. Este patio sirve también como corral para guardar los animales y los vehículos descargados.

Además de esto, en las callejuelas hay puestos de carne, de pescado, cafeterías, cocinerías, puestos donde se venden platos ollas de greda, pequeños almacenes y tiendas de flores, empanadas y otras especies.

Cada uno de estos puestos o ventas paga un arriendo diario. El precio corriente es el de un peso.

Con la venta de las diferentes especies, con la explotación del trabajo, con el servicio de los empleados, cargadores, pequeños venteros y demás, se mantienen de tres a cuatro mil familias. Los puesteros, los vendedores, los rendidores, los cargadores, los carreteros, los empleados, los mozos; los dueños de pequeñas fruterías v verdulerías, toda esta gente vive del trabajo que proporciona la Vega. Si ella se cerrara por contrariedades políticas o rivalidades de los mismos comerciantes quedarían en la orfandad cerca o más de siete mil personas.

A las siete de la mañana

A las siete de la mañana, la Vega está en todo el apogeo del trabajo de venta y compra. Este dura hasta las nueve.

Por las puertas entra y sale un verdadero río de personas, de animales y de vehículos. Mujeres con canastos, acompañadas de una sirviente o de un mozo; cargadores que llevan hasta el tranvía o el coche un canasto o un saco, demasiado pesado para las manos de una simpática morenita; muchachos con viandas; ociosos que van tras la esperanza de un trabajo repentino; puesteros que van a rendir cuentas o a poner en orden sus ventas; compradores, dueños de cocinerías o verdulerías: curiosos que siguen a una sirviente con la halagadora esperanza de un diario pololeo; trasnochadores que vienen a comer fruta o a tomar café; carretelas vacías que ruedan saltando sobre el empedrado; carretas ya descargadas inician cansadamente, su regreso al lejano pueblo; caballos con las árguenas vacías: y chiquillos y chiquillas, y viejo y viejas, salen en larga procesión por sus puertas.

Desde afuera se siente el rumoreo y el bullicio del trabajo. Los gritos de los vendedores, los chillidos de los chiquillos vagabundos. Los llamados que golpean en el techo de zinc, las voces de oferta, todo esto forma un inacabable griterío.

En las puertas la gente se amontona, los grupos se abultan o se disuelven y la gente discurre, mientras corre o anda, sobre los precios, lo comprado o lo vendido.

Los delantales blancos de las sirvientes, la nota blanca o rosa de los puestos de flores, el tono verde de las legumbres, las mantas de castilla de los veguinos ricos, los trajes negros de algunas inglesas serias y la mancha obscura de los techos de los vehículos y de los animales, forman un brillante y chillón conjunto de colores.

Se oyen diálogos cortados, palabras sueltas, comentarios risueños o serios, voces de impaciencia, piropos de donjuanes populares, contestaciones rápidas y reproches ligeros.

Al entrar ya no se es dueño de uno mismo. La multitud nos empuja, nos lleva, nos trae, nos hace andar ligero, despacio, nos detiene, nos habla, nos ofrece, nos grita, nos insulta y nos llama cariñosamente:

—     Aquí, patrón, está lo bueno!

Y nos aturdimos, nos perdemos en medio de este movimiento y griterío.

Este ofrece; el comprador mira, dudando; luego se escucha un diálogo

—     ¿A cuánto?

—     ¡A cuarenta!

—     Treinta le doy y me llevo tres kilos!

—     Ya está, patrón.

Y asunto concluido.

Los patios

El primero

Sigamos andando. El primer patio se extiende, amplio, hacia adentro. A ambos lados se trabaja. El sol resbala por el techo de zinc y cae sobre el empedrado haciendo resaltar los colores de las cosas.

A un lado hay puestos de carnicería. Cuelgan loa corderos y los trozos de carne, goteando  sangre. La gente regatea compra o se va, buscando una mejor proposición. Al otro lado hay carretas vacías, con las varas levantadas hacia arriba. Y entre las carretas hay ventas de papas. En el suelo hay sacos extendidos y sobre ellos pequeñas pilas de papas. Hay de todas clases; cazuela, nuevas, domas, una variedad increíble. Las venteras, arrodilladas frente a los sacos, ofrecen. Pasan los compradores. Ellas ensayan su mejor voz y su más seductora sonrisa. Y ofrecen:

—     ¡Aquí, patroncito!

El patroncito pasa de largo y le sigue un gruñido de disgusto. Una señora se detiene. Hay un diálogo, corto o largo según la compradora. Después de éste la ventera coge medida, la llena, la señora abre el canasto y un chorro de papas golpea en el fondo. Paga y se va. Buena venta y mejor compra. Y siguen gritando y comentando:

—     Hoy la papa estuvo a treinta y dos.

Y vuelven a gritar. Nueva compradora y nueva venta.

Mientras tanto del segundo patio llegan los gritos de los vendedores.

Segundo patio

Entre el primero y el segundo patío hay un amplio pasadizo. A un lado hay un almacén y al otro un puesto de carne y de verdura. Pasado el pasadizo empieza el segundo patio. Este es más amplio que el primero. Aquí a la izquierda está el lugar destinado a la venta de los porotos. Estos se amontonan en sacos o se desparraman en grandes pilas sobre tablas o sacos abiertos.

Aquí la gente se detiene y mira las pilas, toca los porotos, los toma, los abre, los masca, los compra o se va, seguida de los gruñidos de los vendedores:

― Casi se comió un kilo y no compró ni uno!

― Pucha el gallo cicatero!

Y otros gritan:

― ¡Si hay! ¡Si hay¡ Aquí está lo bueno!

Y ofrecen a la vista de los compradores, puñados de porotos verdes y frescos.

Mientras tanto, un carretón cargado pasa estremeciendo el pavimento.

Al otro lado hay un puesto de carne de chancho. Los carniceros hacen correr las cuchillas sobre los ástiles y gritan:

― Aquí están los perniles, patrón!

― A comprar la buenas chuletas!

Frente al puesto de carne, en pequeñas mesitas, se amontonan los pescados. En estas ventas se encuentran las chiquillas más bonitas de la Vega. Ofrecen, con voz aflautada o melodiosa, los congrios colorados, las corvinas, los pejerreyes, las machas, los choros y otras clases de mariscos y de pescados. La gente pasa entre las mesitas, mirándolo todo, olisqueando, tocando o adivinando con la vista la frescura de lo ofrecido. A veces en las mesas hay lavatorios llenos de agua y en ellos varios peces chiquititos, de todos colores, llaman la atención de los compradores. Estos se detienen, miran y las chiquillas aprovechan este instante para gritar fuerte.

Más allá empiezan las ventas de frutas y alcachofas. Nísperos, naranjas, plátanos, frutillas y otras especies de frutas.

Aquí se abre una calle que da al portón de salida. Al fondo hay una cafetería. Humean en los braseros enormes cafeteras, llenas de caliente y sabroso café. La gente se detiene, tentada. Las chiquillas echan, en grandes rebanadas de pan, mantequilla. Los tentados piden. Una enorme taza de café, con pan solo, vale veinte centavos y con pan con mantequilla, cuarenta. Más acá de la cafetería, siguiendo la mano izquierda, empiezan los puestos de frutas y hortalizas. En cajones o en canastos, en cestos o en sacos abiertos, la fruta se ofrece. Aquí los gritos son sonoros y las exclamaciones más fuertes. Los compradores y los curiosos se detienen, abren los ojos y aspiran en el aire el agradable olor de la fruta nueva. Hay alcachofas, zanahorias, rábanos y repollos.

Viejitas con manto, sirvientas que lucen vistosos delantales, atorrantes que miran asustados los montones de frutas, cargadores que pasan con sacos o canastos, chiquillos vagabundos que espían los descuidos de los vendedores, pasan hablando o gritando junto a las ventas.

Al otro lado hay puestos de frutas. Enormes montones de verduras alternan con los canastos de frutas. En tablados provisorios se amontonan los productos de venta y los vendedores, subidos en ellos, gritan sonoramente o conversan, de tablado a tablado, sobre la venta, comentan la marcial apostura de alguna simpática sirvientita, retan a los vagabundos o espantan a los perros que parecen tener gran afición a la fruta.

Tercer patio

El tercer patio tiene muy poco movimiento. Al lado derecho, entrando por el segundo, es el sitio destinado a carretones vacíos que esperan un momento la salida. En él también se verifican los remates; costumbre muy curiosa hecha ya oficial en las costumbres de la Vega. Cuando una carga no encuentra comprador o llega después de haberse fijado los precios, se remata. El martillero, que no es propiamente tal sino una persona a quien, por tradición, se le da este nombre, remata la carga. Reunidos varios interesados, el martillero pide un precio, uno lo da, otro lo baja o lo sube y cuando se ha fijado un término medio la carga se entrega a un comprador o se reparte entre varios. Esta costumbre es respetada y todos acatan sin protesta el resultado del remate.

A la entrada hay carretones con naranjas y otras frutas. Como está algo apartado de los demás patios, la gente acude menos, pero no por eso la bulla disminuye. Como están más lejos tienen que gritar más fuerte. Dando la vuelta a su mano derecha hay dos o tres puestos de cebollas y más adelante hay un corredor de carnicerías de primera, segunda y tercera clase. Frente a las carnicerías hay ventas de verduras. Aquí en este patio, varias vacas con terneros —fortuna humilde de algún veguino— ramonean tranquilamente. A veces se extralimitan en sus derechos y entonces el dueño o un chiquillo tiran furiosamente de cuerdas que llevan en el pescuezo y se arma una terrible batahola. La vaca no quiere retirarse, se afirma con las patas en las piedras y no hay nadie que las mueva. Cuando la vaca ha sido dominada resulta que el ternero se ha escabullido y empieza una feroz persecución detrás del arisco animalito, que se mete entre las ventas, da vuelta los canastos y espanta a los pequeños compradores. La persecución termina entre un coro de alegres carcajadas.

Al fondo del patio se encuentran las oficinas del cajero, del gerente, del contador y la oficina del administrador, instaladas en un segundo piso. A la bajada vuelven los puestos de cebollas y dando una vuelta encuéntranse las ventas de flores y los pequeños almacenes y tiendas. También pequeñas ventas de golosinas. Viejitas, a las cuales se les ha olvidado morir, viven de la venta de empanadas, sopaipillas, picarones y otras cosas.

Cuarto y quinto patio

El cuarto patio no tiene, en la actualidad, ningún movimiento. Destinado, como está, a la venta de sandías y como esta fruta aparece más tarde, no hay en él ninguna actividad. En el verano es el más concurrido. Es un poco viejo y algo sucio. Ahora sólo sirve para guardar las yuntas de bueyes de las carretas y algunos vehículos descargados. A un lado hay pequeños puestos donde se vende cebolla. Y nada más.

El último patio tiene más animación. Al lado derecho hay cocinerías que no parecen prosperar mucho. Los dueños pasan sentados, aburridos, esperando que a alguien le dé hambre para poder vender alguna cosa.

Al lado izquierdo cambia el aspecto; hay más animación; aquí se venden las lechugas. Las vendedoras tienen fama de ser más simpáticas que todas las demás y por este motivo los compradores prefieren este lugar a pesar de que las muchachas no parecen aficionadas a flirtear. Ante una proposición de venta no hay quien se resista; hasta nosotros que no tenemos nada que comprar nos dan ganas de adquirir un lote de lechugas. Entre un regateo y una protesta se desliza una galantería pueblera:

― No las puedo dar más baratas!

― En cambio yo se las daría gratis!

― Usted será rico!

― No tan rica como usted!

Y ella hace un mohín de desagrado y él uno de triunfo.

En las orillas hay grandes montones de canastos que, llegado el verano, desbordarán de racimos de uva blanca, negra o rosada.

Durante nuestra visita tuvimos ocasión de admirar a varios tipos interesantes. Uno de ellos era un viejo alto, flaco, vestido de una manera única: sombrero negro, sin cinta, paletó claro de mangas cortas. Enteraba este vestuario un pantalón hecho de dos: la parte de arriba estaba formada por un pantalón claro que llegaba llegaba un poco más abajo de la rodilla; de ahí para abajo, como el de arriba era corto, se le añadió otro pedazo de pantalón de diferente color. El poseedor de esta extraña vestimenta se lleva largas horas parado entre un patio u otro. ¿Qué esperará? ¡Quizás! Tal vez espere el pedazo de pantalón que le falta.

Otro era un tipo horriblemente feo, de grandes bigotes, con un solo brazo, vestido rotosamente. La única alegría de este pobre feo es la de fumar. Cuando logra que un  amigo afortunado le convide un cigarro, se para en la salida de un callejón, lo prende, adopta una elegante postura de conquistador y fama, con una facha de acaudalado veguino. Cada chupada es un verdadero acontecimiento. Aspira el humo con toda delicadeza, lo tiene un rato en la boca y luego lo echa, por pequeñas volutas haciéndolo pasar por entre sus largos bigotes. Concluido de arrojarlo, escupe, por entre los dientes,  elegantemente, como podría hacerlo un torero o un actor.

Extraído de: Revista Pacífico Magazine. Santiago: Zig-Zag, 1913-1921. 18 v., n° 60, (dic. 1917), p. 629-638. Biblioteca Nacional.

                     
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