La economía del conocimiento y la innovación

FOTO ALCALDE DANIEL JADUEHace un tiempo que hemos visto a través de algunos medios de comunicación un debate acerca de la importancia de promover la ciencia, el desarrollo de nuevas tecnologías y la innovación en aras de llevar a nuestro país, de verdad, hacia el umbral del desarrollo.

Esta discusión se da en un contexto en el cual el mundo viene transitando, hace décadas, hacia una forma de organización en donde el conocimiento juega un rol cada vez más fundamental e imprescindible en el ámbito de la producción.

Lo anterior se debe a que solo el conocimiento es capaz de disminuir la necesidad de materias primas, fuerza de trabajo, tiempo, espacio y capital en los procesos de producción de bienes y servicios, por lo que se ha transformado en recurso central de las economías más avanzadas, en su lucha permanente por mejorar su productividad y mantener intactas sus posibilidades de éxito.

Esto explica el hecho de que en dos décadas se haya incrementado significativamente la cantidad de trabajadores que solo operan con información, incrementando notablemente el valor del conocimiento incorporado en las estructuras de costos y precios de todo lo que se produce.

Consecuentemente, la competencia ha comenzado a desplazarse desde la escala de producción y el precio, hacia la diferenciación de los bienes y servicios que se producen, lo que ha acortado significativamente el tiempo de obsolescencia de los mismos, desplazando uno de los ejes centrales del incremento en la productividad hacia la capacidad de innovación, que se presenta como el principal activo intangible de cara al futuro.

Ahora bien, el conocimiento tiene particularidades que lo diferencian de otros recursos o factores productivos y que es imprescindible conocer, para evitar que un tratamiento que no las considere nos lleve directo al fracaso.

De hecho, a diferencia de los recursos naturales, la fuerza de trabajo y el capital que se presentan como recursos limitados, el conocimiento es infinitamente expansible, no se gasta y puede compartirse, por lo que es mucho más difícil de expropiar o de ser apropiado de manera privada, a pesar de los importantes esfuerzos desarrollados en esta dirección por las grandes empresas nacionales o extranjeras, mediante la instalación del sistema mundial de patentes y el robo sistemático de cerebros desde los países en desarrollo hacia las economías más avanzadas.

El conocimiento además, rara vez es aplicable de manera directa o inmediata y su aplicación requiere, la mayoría de las veces, de más conocimiento, por lo que uno de los desafíos más relevantes es la capacidad para combinar y recombinar conocimiento en búsqueda de nuevos hallazgos.

Como si fuera poco, el conocimiento se deprecia muy  rápidamente, toda vez que, a menudo, es sustituido por conocimiento nuevo, lo que hace prever que en el futuro, será mucho más importante que la cantidad de conocimiento que poseamos, la cantidad de conocimiento que seamos capaces de generar, rápida y continuamente, lo que pone a cualquier país que desee avanzar hacia el desarrollo en el desafío de convertir la generación de conocimiento y la innovación en el mínimo común denominador del pensamiento de su sociedad.

Ahora bien, este desafío debe ser enfrentado con la máxima seriedad por parte del Estado, ya que es el único sector productivo que puede operar bajo un enfoque de colaboración en oposición al enfoque privado de la competencia, lo que representa un cambio imprescindible para la construcción de una economía basada en el conocimiento y la innovación, debido a las sinergias que provoca la valoración de las diferencias culturales, como fuente de riqueza y de multiplicación de las posibilidades de descubrir o generar nuevo conocimiento e innovación.

En este contexto, la necesidad de abordar desde el Estado la necesidad de trabajar para convertir a nuestro país en una sociedad del conocimiento, no solo requiere de un Ministerio de la Ciencia, sino también de la construcción de un complejo entramado de actores públicos y Laboratorios de Gobierno, dedicados en conjunto y de manera descentralizada, a levantar desde la ciudadanía y desde las instituciones dedicadas a la ciencia, la colaboración necesaria para encontrar las preguntas más relevantes para nuestro desarrollo y sus respectivas respuestas, de tal manera de no reducir la búsqueda de nuevo conocimiento y de la innovación, solo a la promesa de rentabilidad de corto plazo que suele caracterizar a las empresas privadas, velando porque el bien común el proyecto país sean el verdadero objetivo de un Sistema Nacional de Ciencia y Tecnología que más temprano que tarde deberá convertirse en realidad.