NOTICIAS    HOME | NOTICIAS | NOTICIA PUBLICADA EL 19 Diciembre, 2012
 

El puente Los Carros: por tres siglos ya, conectando los dos mercados del Mapocho

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El-antiguo-Puente-de-los-Carros-hacia-1880La ex plaza de Abastos, hoy nuestro Mercado Central, tiene un punto de intercambio y conexión con el Mercado Tirso de Molina y la Vega Central, ubicados cada uno en una ribera del Mapocho y casi al frente. Este enlace es el Puente Los Carros, antes llamado De los Carros, y que vino a ser una suerte de recuerdo o eco del majestuoso puente de Cal y Canto del río Mapocho, que estuvo ubicado solo un poco más abajo, en el sector —después ocupado por el puente del Obelisco— hoy llamado puente de La Paz.

El aspecto actual del puente Los Carros es muy distinto al antiguo, que era mucho menos sólido y espacioso. Siempre conservó, sin embargo, un carácter popular, por su nexo con el sector de La Chimba y el Mercado, hacia el sector de extramuros que por muchos años (o siglos, mejor dicho) constituyó la marginalidad periférica de la ciudad de Santiago.

El actual puente Los Carros es una estructura mecano montada hacia fines de los tiempos de la presidencia de Balmaceda, sobre pretiles de concreto del borde recién canalizado del Mapocho. Corresponde a un modelo de vía férrea de evidente influencia europea del siglo XIX, con estilo de arquitectura en hierro a lo Pritchard o Eiffel, que tiene bastante presencia en el barrio, como la ferretería del Mercado Central o las estructuras interiores de la Estación Mapocho. Su mayor característica son los arcos altos (13 en total), pues fue concebido principalmente para el paso de los tranvías, según veremos.

EN EL SIGLO XIX

Por mucho tiempo, el único paso amplio e importante que existió entre las riberas del Mapocho fue el puente de Cal y Canto, ya que los otros eran menores. La Calle del Puente que sale de la Plaza de Armas, es llamada así precisamente porque desembocaba frente al Cal y Canto. Otro paso era el llamado puente de Palo, que se encontraba casi al frente de la ex avenida del Salto, hoy Recoleta, y que recibía su nombre por el aspecto que le daba su estructura de madera con techo. Era exclusivamente peatonal y desde una caseta de vigilancia se cuidaba que el puente no se convirtiera en lugar de amoríos prohibidos o de delincuencia.

Por entonces, Mapocho era un barrio sucio, lleno de basura y olores putrefactos que se mezclaban con la oferta de mercaderías y productos agrícolas. Al no existir bordes definidos en la ribera del río, las orillas se confundían con el área habitada. Incluso la actual calle General Mackenna pasaba por debajo de un ojo sin agua del Cal y Canto, razón por la que era llamada calle del Ojo Seco. Cuando el caudal del río estaba en período bajo, además, las bases del Cal y Canto eran convertidas en fétidos baños públicos, en refugio de la vagancia y en teatro de peleas a pedradas entre los chiquillos pelusas de inicios de la República.

Luego de introducido el transporte en los primeros tranvías tirados a caballo o carros de sangre, hacia la década del 1870, la Compañía del Ferrocarril Urbano habilitó un área de guardería y reparaciones para los carros, situada cruzando el río Mapocho por el sector que actualmente ocupa la llamada Vega Chica, pudiendo distinguirse hasta nuestros días el par de galpones paralelos que daban forma al recinto. Los ingenieros construyeron un puente adicional, de madera y tensores de acero, que servían para atravesar los tranvías hasta ese sitio, sirviendo también como pasada peatonal sobre el río. De ahí entonces su nombre: Puente de los Carros, aunque su nombre oficial era Puente del Ferrocarril Urbano.

En 1888, el presidente José Manuel Balmaceda inicia la canalización del río Mapocho, para evitar sus crecidas e inundaciones, siguiendo un proyecto anteriormente presentado por el entonces intendente Benjamín Vicuña Mackenna, pero que por falta de presupuesto había quedado suspendido. Lamentablemente, en este periodo la empresa contratada, coludida con las autoridades, realizó oscuras acciones lindantes en el sabotaje y que terminaron derrumbando al Cal y Canto, obligando a su demolición total luego de una inoportuna riada que sorprendió al puente con sus bases debilitadas. En esta misma crecida que mató al puente, en 1888, también se perdió el puente de Palo, aunque facilitándole trabajo a los ingenieros ya que, de todos modos, iban a removerlo. El puente que se levantó poco después en su lugar, frente a calle San Antonio, fue derribado a los pocos días por el río, motivando la decisión de optar por estructuras más firmes como eran las metálicas.

Las labores de canalizado del río concluyeron en 1891, junto con la construcción de los ocho puentes metálicos que hoy se encuentran en este tramo del Mapocho, incluyendo al entonces flamante puente de los Carros versión metálica, precisamente donde estaba el anterior. Unos metros más al poniente, también se instalaron los dos obeliscos o «pirámides» de roca, precisamente en los extremos que antes ocupaba en Cal y Canto, celebrando la conclusión de los trabajos. El carácter funcional y poco artístico del puente causó algún grado de controversia en aquel entonces, pero, como lo hace notar Carlos Lavín en La Chimba, respondían a la necesidad y a la improvisación ingenieril del momento,

La construcción de los puentes de tipo mecano, realizada en 1889, quedó encargada a la firma de origen inglesa Lever, Murphy & Cía, de Caleta Abarca, Valparaíso, quedando registrado su sello de fabricación a ambos lados de los accesos del puente de los Carros, en una placa también metálica con forma de blasón. La sociedad estaba constituida más o menos desde 1883, y había sido la encargada de otros trabajos similares de fabricación de puentes, como los del Maule y el Pitrufquén. El puente fue instalado en su lugar en trabajos realizados entre los años 1890 y 1891.

Después se instaló también el llamado puente del Obelisco, paralelo al De los Carros y frente a lo que sería la avenida La Paz, que sería abierta durante el siglo siguiente para establecer la vía directa hacia el acceso principal del Cementerio General.

La versión metálica tenía, originalmente, durmientes de madera en su plataforma. Se tiraron sobre ellos las líneas de los tranvías, que conectaban la Garita del Mapocho de los tranvías (frente a la estación, en la plaza Venezuela) y el Mercado Central con la avenida Santa María, por lo que el puente quedó incorporado a los recorridos, más allá de los carros que solo iban a los talleres del otro lado del río.

EN EL SIGLO XX

Además del cambio del puente y su material, el paso del sistema decarros de sangre al de tranvías eléctricos, no alteró dramáticamente los recorridos que ya existían por esos días en Santiago, hacia 1900, pero sí contribuyó mucho a expandirlos y ampliarlos hacia otros lados de la capital, como en los territorios chimberos. Algunas líneas de tranvías que pasaban por este puente de Los Carros, como parte de sus circuitos, fueron la Nº 7 Recoleta-Cementerios y la Nº 8 Cementerio General.

Hacia 1916 concluyó la ampliación y la construcción de los galpones de la Vega Central, reforzando un foco de intercambio muy intenso entre la actividad comercial de ambos lados del río. En 1948, además, se destinaron los ya desocupados y tristes ex galpones de la compañía de tranvías a los comerciantes minoristas que fundaron allí La Vega Chica. Desde entonces y hasta hoy, es común y habitual ver por este sector a personajes con grandes bolsas con hortalizas al hombro o empujando carretones de mano, cargados hasta el borde de zapallos, frutas o papas. Van para uno y otro lado del río, desde muy temprano hasta la hora de cierre de los mercados, pasando precisamente por encima del puente de nuestro interés.

La proximidad de otros puentes habilitados al tránsito y el uso masivo que le daban los transeúntes pasando peligrosamente cerca de los vehículos en movimiento, llevó a la decisión de declarar el puente Los Carros como exclusivamente peatonal, cuando la época de los tranvías había caído al ocaso del tiempo. Luego que el alcalde Santos Salas ordenó desocupar la plaza de los Artesanos y los galpones destinados a La Vega Chica, muchos indigentes emigraron con sus chozas y casuchas hasta el puente, estableciéndose allí mismo en precarias e insalubres condiciones. Aunque fueron erradicados posteriormente, la decisión de hacerlo solo peatonal atrajo en masa al comercio ambulante, como no se veía sobre un puente del Mapocho quizás desde los tiempos del Cal y Canto, al punto de que, entre los años setenta y ochenta, realmente parecía una feria libre suspendida sobre el río, y a cuya retirada quedaba una gran cantidad de desperdicios malolientes. Sus cerca de cuatro metros de ancho se hacían pocos para el tránsito en esta abundancia humana. Una intensa vida popular, colorida e iluminada, se daba sobre él diariamente todavía en los años de rigor militar, casi como un brazo asimilador entre ambos mercados en los dos lados del río. Vendedores de empanadas, pescado frito, fruteros y ofertones de baratijas eran lo más común. También había algún grado de prostitución por este sitio, especialmente en la complicidad nocturna.

En lo personal, recuerdo haber pasado varias veces por su congestionada pasarela durante las noches y a veces un poco tarde, en 1987, en mi adolescencia visitando la Piscina Escolar de la Universidad de Chile, en Santa María con Independencia, con aguas temperadas en pleno invierno. Aún así, encontraban en él algún rinconcito varios actores y artistas populares, que lo elegían como su escenario para cantar canciones contra el régimen o uno que otro pastiche de Silvio Rodríguez o Violeta Parra. Ya era, por entonces, un lugar bravo y con cierta fama que advertía de la necesidad de andar con cuidado. A pesar de todo, estoy seguro de que la criminalidad y la delincuencia del barrio eran, entonces, mucho menores de lo que puede verse con vergüenza en nuestros días.

Hacia fines de la centuria y del milenio, el puente Los Carros comenzó a ser escenario de actividades culturales, con presentaciones de músicos y algunos grupos de teatro chilenos y extranjeros, tendencia que se ha mantenido con relativa regularidad hasta ahora. Por Decreto Nº 824 del 12 de agosto de 1997, del Ministerio de Educación, se dio la categoría de Monumento Histórico Nacional a todos estos puentes del Mapocho, además de confirmarse que se encontraban aún en estado bastante bueno de conservación, para fortuna del patrimonio nacional. El puente Los Carros es uno de los pocos de estos homenajeados, que aún se conserva en su lugar original, ya que muchos han sido desplazados y reemplazados.

EN EL SIGLO XXI

El puente Los Carros sigue siendo un paso importante del Mapocho, pues ni el puente Padre Hurtado, ni el puente La Paz al poniente, ni el puente Recoleta al oriente y que da a la venida homónima, tienen tanta proximidad con los dos mercados y el barrio comercial popular de este sector de Santiago. También sigue generando noticias históricas: durante los trabajos de construcción de la autopista Costanera Norte el año 2002, por ejemplo, se encontró una estructura transversal de piedra situada justamente bajo el puente Los Carros, correspondiendo a un antiguo muro de refuerzo del pindongo. También se encontraron restos del tajamar en la orilla de la plaza Tirso de Molina, un poco más al oriente.

Por razones de seguridad para los transeúntes y para facilitar el combate a la delincuencia, además de evitar que se convierta en alojo de vagabundos, el puente debió ser cerrado con rejas durante las noches, que abren en la mañana temprano y cierran dos horas antes de la medianoche, no obstante que el programa se permite algunas libertades en estas restricciones, de vez en cuando. De alguna manera, además, algunos indigentes se las han arreglado para entrar y dormir sobre colchas inmundas que colocaron en los costados del puente, sobre vigas que emplean como verdaderas literas en las noches.

Durante el año 2009, se realizaron en este puente y en los de Loreto y Purísima algunos trabajos de mantención y mejoramiento de la iluminación, en el marco de un proyecto del Ministerio de Obras Públicas para perfeccionar el aspecto del barrio, la mencionada plaza Tirso de Molina, La Vega Central y la Pérgola de las Flores. El sempiterno proyecto para hacer navegable el Mapocho también contempla, en su primera etapa, la limpieza del río precisamente hasta este punto, señalado por el puente. Por ahora solo quedará en la imaginación y el optimismo iluso, la visión de una postal con minicruceros turísticos pasando en aguas azules bajo este puente.

Comerciantes chilenos y peruanos comparten el puente, cuando pueden. Algunos de ellos han sido veteranos y casi íconos locales, como don Lalo Aróstica, un viejito que vendía en su carrito en la entrada sur, lamentablemente fallecido en abril del año pasado. Se ha propuesto formalizar este caótico comercio ilegal en el puente a través de carritos, kioscos o locales establecidos. Otros han sugerido convertirlo en restaurante o centro de eventos dependiente de la municipalidad, reduciendo la pasarela peatonal a pasillos por los costados. No sabemos qué conveniencia podría tener habilitarlo como local de espectáculos si ya existe un puente convertido en esta clase de establecimiento: el Teatro El Puente, allí entre Purísima y Pío Nono, junto al Parque Forestal. También se ha solicitado la posibilidad de instalar publicidad en los costados del puente, idea que fue rechazada de plano por el Consejo de Monumentos Nacionales.

Obviamente, se hace caso omiso a estas restricciones, y el comercio ambulante sucede igual. Sólo por breves períodos los esfuerzos han logrado empujarlos, pero la lucha permanente ha resultado en una quimera, como espantar los cuervos del maizal. Hay días en que los vendedores incluso se apretujan dentro de sus espacios, junto a los bordes de la estructura, colmando sus capacidades. Deben ser complicadas las relaciones aquí, por las cuestiones territoriales. Han solicitado algunos de ellos, a la Municipalidad de Santiago, una ubicación propia para dejar el puente, pero esta petición ha sido satisfecha solo parcialmente. A pesar de esto, igual recomiendo —por higiene, calidad y precio— las grandes empanadas fritas de La Rucia, comerciante que se instala a hervir sus aceites y masas sabrosas frente al acceso sur del puente, como lo hacían las antiguas comerciantes del barrio desde los tiempos de la Colonia.

En: http://urbatorium.blogspot.com/2012/03/el-puente-los-carros-por-tres-siglos-ya.html

                     
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